Después de varios días de cierta incomodidad y algunas actitudes un tanto sospechosas, Betty dejó de venir a trabajar el lunes último. Cuando la cuestión ya casi nos sacaba de quicio, y mientras tratábamos de evitar cualquier comentario acerca del tic nervioso con que el referencista constataba el funcionamiento del teléfono, Betty mandó por correo una foto, en la que es imposible adivinar el paisaje, pero en la que se la ve feliz, con un nuevo corte de pelo y una mano desconocida y fuerte que le rodea el hombro.
Unas horas después recordé que, hacía ya tiempo, agachadas las dos frente al anaquel de los diccionarios, Betty me había dicho en un susurro: “Un día voy a entender, como si de repente se acomodara todo en su lugar. Como si aunque todo siguiera imperfecto, eso ya no importara”.
La insistencia en el teléfono de Betty finalmente comunicó al referencista con un contestador que le repitió, con la voz de los que saben que en definitiva está todo por ganarse, que la titular de la línea telefónica se encontró a sí misma y que es mejor no buscarla. Con el parlante que nunca usamos, creímos llegar a escuchar, como si alguien le estuviera susurrando el parlamento, que Betty le va a poner el cuerpo a algún asunto y que no es posible por lo tanto estar en dos lados a la vez, y que por un tiempo indeterminado su deseo… o algo así. Por ahora, los suspiros con los que alternamos el té de la mañana, nos sumen a todos en una espera silenciosa, e intuyo que el semblante amarillento del referencista se debe a no poder saber a ciencia cierta si Betty ha salido a buscarse, o si ya se encontró, y es por eso que no está en nuestro horizonte. Mientras tanto, todos esperamos disimuladamente el correo y ganan las apuestas que dicen que Betty anda cantando victoria por ahí, usando ropa que no combina y sin perderse de nada que le importe.